“…y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.”
Julio Cortázar, 1959
Las babas del diablo, en Las armas secretas
Camino por la ciudad y me pregunto: ¿es común transitar sin pensar en lo que hacemos? Los pasos nos conducen por las calles y, de algún modo, parece que las hacemos nuestras. Incluso en ese instante de apropiación —porque la física clásica dice que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio—, cualquier otra persona, quizá un espectador, podría percibir una realidad distinta de la nuestra. Es aquí donde quiero centrarme: en el otro. Bajo el discurso del filme Blow-Up, inspirado en un texto de Julio Cortázar, emerge la mirada de una ciudad que vemos y habitamos, pero que no siempre coincide con la ciudad del otro.
Camino por la ciudad y reflexiono: sobre lo habitual que resulta escuchar términos como “la ciudadanía”, “el pueblo”, “nosotros”. Pero ¿somos realmente los mismos quienes habitamos estas múltiples realidades? ¿Es la ciudad una sola o existen, en verdad, muchas ciudades dentro de ella? Juan Matus, el indio yaqui de Las enseñanzas de Don Juan, decía a Castaneda: “Tú solo miras, pero no ves”, aludiendo a cómo la cotidianidad puede cegarnos ante lo esencial. Algo similar sucede con el transeúnte que camina por la ciudad y con la ciudad que el otro construye para sí mismo. Podríamos pensar que la ciudad se crea a partir de dos grandes fuerzas: la primera, la ciudad personal, aquella que percibimos como bella, completa, sufrida o inacabada; y la segunda, la ciudad de los otros, que nace de las acciones que ellos consideran buenas para su vida y que, consciente o inconscientemente, van moldeando en su habitar.
Camino por la ciudad y de la reflexión surge con una pregunta: ¿cuántas ciudades pueden existir dentro de una misma ciudad? ¿Cuántas ciudades implícitas somos capaces de leer? Así como Nolan en Inception plantea distintos niveles de sueño dentro de una realidad, podemos preguntarnos si la ciudad de los otros —esa que construyen— también tiene niveles de profundidad. En esta narrativa de la ciudad, se intuye un cruce aristotélico complejo, como una red que entrelaza historias, dándole vida y convirtiéndola tanto en un caos como en una belleza. Lo que para mí es el fin de un recorrido, tal vez sea para el otro apenas el comienzo de su día o de una nueva historia. Ese mismo punto, esa banqueta donde caminamos, puede ser el clímax de una trama para alguien más. La ciudad física, por expresarlo de algún modo, es la receptora de todas esas múltiples ciudades.
Camino por la ciudad y pienso: la ciudad implícita, esa ciudad dentro de la ciudad, es tanto mía como de los otros.
Quizá entender las otras ciudades y las realidades ajenas sea una vía para promover un mejor entendimiento colectivo. Al final, aunque existan muchas ciudades, llegará un punto en que nuestras historias coincidan.
Texto escrito tras la reflexión del filme «Blow-Up», como parte del seminario «La ciudad implícita». Octubre de 2018.
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