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En el 2000

El año 2000 fue marcado para muchos de nosotros como un momento significativo en la vida pública y personal. Fuimos testigos de la transición democrática por el cambio de gobierno, de que no comenzara el apocalipsis con el Y2K, de que la UNAM se manifestara por el aumento a las cuotas de inscripción, de ver cómo Carlos Santana se llevaba ocho Grammy (sí, mucho antes de que Ricky, Shakira y Benito la pegaran en ambientes anglos). Cantábamos “Enloquéceme” de OV7, “Aquí” de La Ley, y veíamos el declive de lo que fue ese gran movimiento llamado “la avanzada regia”.

“Amores perros” irrumpía en las salas de cine. Muchos de nosotros, que seguíamos a movimientos alternativos y no nos gustaban algunos diálogos comunes en la televisión, veíamos con frescura lo que aún resuena en la memoria:

—¡¿Qué hiciste, cabrón…?! Puta… ¡¿qué fue lo que hiciste?!
—¡Nada, güey, nada!
—¿Cómo que nada, cabrón? ¡No seas pendejo…!

Años después descubriría, en la literatura de Guillermo Arriaga –guionista y mancuerna de Iñárritu– un mundo fascinante a través de “Salvar el fuego”.

Sí, el año 2000 marcó a muchos de nosotros.

Ese mismo año me tocó, como a muchos jóvenes mexicanos, realizar mi servicio militar. Para los más jóvenes debo explicarles: el servicio militar era una obligación que, como mexicanos, debíamos prestar durante un año al cumplir la mayoría de edad. En aquel tiempo no solo se daba la apertura para que las mujeres pudieran participar (de forma voluntaria) en un servicio antes exclusivo para varones. También se innovaba con una alternativa: podías prestar tu servicio haciendo acción social -limpiar, barrer, hacer mejoras en la comunidad- o enseñando a leer y escribir a personas adultas mayores.

Por alguna razón, junto a otros cuatro compañeros, elegí lo segundo. Hoy creo que esa decisión fue parte importante para que las aulas de clase se convirtieran en parte de mi vida.

Tuve la fortuna de enseñar a un grupo de personas mayores a leer y escribir. Nos preparaban una terracita en una casa de un barrio de mi pueblo. La mesa era una típica mesa de madera, con un mantel de plástico con motivos florales. Humilde, pero muy limpia y ordenada.

Tengo vagos recuerdos de aquello. Recuerdo un rotafolio donde les mostraba, según la guía, cómo eran las letras. Lo que no se me olvidará es el rostro de las personas cuando reconocían lo que les escribía. Su sonrisa era como si dijeran: “estoy leyendo, lo hice…”.

Concluí el servicio militar y comencé a estudiar la licenciatura en Arquitectura. Por las mañanas asistía a clases, y por las tardes entrenaba con la selección de futbol de la escuela (era un poco inquieto en el futbol; también esa será otra historia). Un día, de camino al entrenamiento, vi un letrero que decía:

“¿Te gusta el cine? Realiza tu servicio social con nosotros”

Como buen curioso, me metí a la oficina de actividades extraescolares y pedí informes. Cine y liberación de servicio sonaban muy bien.

No haré el cuento más largo: lo que pensaba que sería un puesto de ayudante terminó siendo el de profesor para “enseñar cine”. Ese año, con apenas 19, comencé mi labor a cargo del grupo para primeros semestres. Me dieron oportunidad de nombrar a la actividad como lo deseara y la llamé “Apreciación cinematográfica”, pues parafraseando a Castells: “cuando un tema me interesa, me hago profesor para aprender”.

El cine, el deporte, la incipiente internet, un sitio llamado TodoArquitectura, la música y un sinfín de cosas me hacían pensar que debía hacer más que solo sentarme en un pupitre, dibujar planos o construir maquetas. Había algo -no lo sabía-, pero sentía que había algo más allá.

Porque estamos

Era primavera del 2001 cuando me registré en mi primer foro de arquitectura en internet. En esos tiempos debíamos ir a un “café internet” y rentar una computadora por minutos. No había internet en casa y mucho menos datos móviles.

Para darme de alta en ese sitio elegí un username curioso, algo que incluía la palabra space. El sitio tenía varios foros donde los miembros interactuábamos en lo que era, para muchos, el primer diálogo post-Y2K.

todoarquitectura.com se convirtió en el lugar que más frecuentaba. Intercambiábamos todo tipo de información sobre arquitectura y temas afines. La mayoría éramos estudiantes, aunque también había uno que otro profesional. Creo que esa fue mi primera ventana al mundo académico. A través de la información que compartían sobre sus facultades, aprendí lo que se hacía en los talleres de arquitectura de diferentes partes de Europa y Latinoamérica.

Mi escuela venía de una larga tradición técnica, sin mucha experimentación. Fuimos herederos de “la técnica al servicio de la patria”, que nos dio mucho. Pero el nuevo milenio pedía más que solo técnica. Como toda universidad, teníamos profesores que buscaban que miráramos hacia otros horizontes, y afortunadamente tuve clases con varios buenos de ellos.

Recuerdo sentir una especie de tristeza porque en mi escuela no había mucha actividad extracurricular enfocada en otras expresiones alrededor de la arquitectura. Tiempo después entendí que la escuela la hacíamos nosotros y que las cosas no iban a suceder a menos que las impulsáramos. La escuela era (sigue siendo) el lugar donde se ponían las condiciones idóneas. Los directivos, los profesores, los asesores: todos hacían lo que les tocaba. Entendí, tiempo después, que faltaba lo que nos correspondía a nosotros.

Como suele pasarnos cuando el impulso nos gana, comencé a idear algo para demostrar que en nuestra carrera había mucho más que solo asistir a clases y hacer planos o maquetas. Llegué a organizar algunas reuniones en casa de amigos para discutir sobre “temas de arquitectura”. Sin mucho éxito, debo decirlo.

Una tarde fui al único Sanborn’s que teníamos en la ciudad y, mientras leía una revista Enlace con el tema “ensayo”, me pregunté: ¿y si hacemos una revista?

Porque estamos y nos movemos

El nombre de la revista surgió de forma orgánica, casi como si siempre hubiera estado ahí, esperando tomar forma. Durante mucho tiempo había estado pensando en conceptos que representaran movimiento, transformación y adaptabilidad, ideas que siempre me han fascinado.

Pensaba en algo que encapsulara la naturaleza cambiante de la arquitectura y, al mismo tiempo, la energía y creatividad de quienes la estudiamos. Fue un proceso casi instintivo: las palabras y los conceptos se conectaron de manera natural, hasta que el nombre simplemente apareció.

PLÁSTIKA nació como un intento de plasmar ese dinamismo. Una iniciativa completamente estudiantil, con aspiraciones más grandes de lo que inicialmente parecía. No queríamos quedarnos en lo convencional; buscábamos ir más allá de los planos, las maquetas y los ejercicios académicos.

Nuestro objetivo era claro: demostrar que los estudiantes de arquitectura de mi escuela no solo cumplían con lo que se esperaba de ellos -tareas, proyectos…-, sino que también estaban dispuestos a explorar, experimentar y repensar lo aprendido.

El nombre no solo era un reflejo de nuestras intenciones, sino que creo que se impulsaría como una declaración de principios. PLÁSTIKA: porque estamos y nos movemos se convirtió en el emblema y el eslogan de nuestro proyecto, encapsulando todo lo que queríamos transmitir.

Con él dimos inicio a una breve aventura que buscaba inspirar y, al mismo tiempo, romper con la inercia que muchas veces nos acompaña en la vida estudiantil.

El equipo

De mi experiencia como asesor de cine tuve ciertas ventajas, pues contaba con un proyector, un auditorio y una hora libre. Con esos recursos a mi alcance, pensé en usar ese espacio y llamar a algunos compañeros que consideraba especialmente talentosos en distintas disciplinas. Así, un martes a las 2 pm, llegaron al salón de usos múltiples:

Sandra Zúñiga, a quien le gustaba la música, la danza, el teatro, y siempre aprecié su look alternativo. Hoy vive en Australia y creo que ha formado una linda familia; Armando Cornejo, músico, alternativo, le gustaban Korn, Limp Bizkit, Slipknot y casi siempre traía audífonos con muy buena música; Carlos, fotógrafo, hacía unos trabajos increíbles. Carlitos, le decíamos de cariño. Un tipo muy gentil y educado; Dalila Gómez, de Tizayuca, muy inquieta y siempre sonriente, me dijo algo como “va, va, va… vamos a hacerlo” cuando la invité a participar; José Luis (Pepe) Olguín, caricaturista increíble que nos hizo las portadas y aportó ideas para lograrlo.

Logramos publicar solo dos números. El primero fue autofinanciado; el segundo contó con el apoyo de la Sociedad de Alumnos para las impresiones (gracias a Paco Navarrete, quien nos echó la mano), las cuales eran hojas tamaño carta. Aunque un tercer número quedó en producción, pronto entendimos que, para ciertas iniciativas, las ganas no siempre son suficientes.

Algunos profesores valoraron nuestro esfuerzo; supe que incluso hubo quienes disfrutaron de nuestro trabajo. Pero también estaban los que no lo veían con buenos ojos y decían: “mejor deberían ponerse a estudiar”. Perspectivas distintas. Solo eso.

Al final, PLÁSTIKA se convirtió en un buen ejercicio de exploración estudiantil, un proyecto que dejó huella en algunos de nosotros. Como dice el dicho mexicano: “lo bailado, nadie nos lo quita.”

Cuando la revista llegó a su fin, cada integrante del equipo siguió su propio camino. Concluimos nuestras carreras y la vida se encargó de llevarnos por donde era indicado.

Por mi parte, la necesidad de seguir explorando las posibilidades que ofrecía la arquitectura permaneció intacta. Seguía habiendo una inquietud que necesitaba canalizar.

Fue así como en una madrugada de 2004, a pocas horas de una entrega de un proyecto escolar de Composición arquitectónica, frente a una computadora ThinkPad y con varias horas de desvelo atrás, nació -con emoción y un toque de serendipia-: AMORFO.

Pero esa, esa sí es otra historia.